Paseo Ribereño

CIEZA EN 1 DÍA | Turismo familiar | Turismo activo

Mágico. A la postura del sol podemos ver ojos en los troncos de los árboles que miran fijos a los paseantes. Hay ojos únicos y ojos dobles, ojos redondos y ojos rasgados; ojos menudos y tiernos, y ojos grandes de mirada firme; y hasta hay ojos desplazados en un rostro imaginario, cual un retrato cubista de Picasso. Si en nuestra andadura de puente a puente, llevando siempre a un costado el río Segura, donde de vez en cuando se zambullen los cormoranes para pescar, sentimos el gozo por la arboleda que nos cobija y observamos con cariño e imaginación los chopos, los almeces o los álamos blancos, ellos, seres vivos como nosotros, nos devolverán la gracia de su pícara mirada vegetal. Es la magia del Paseo Ribereño.

No hay en Cieza sitio más visitado, ni espacio público más provechoso para el esparcimiento, el deporte, las relaciones sociales, o, simplemente, para el disfrute de la naturaleza. Cientos de personas lo recorren a diario, por la mañana, por la tarde y aun por la noche. Y, aunque los senderos acondicionados del Segura se extienden en ambas orillas, desde la antigua Presa del Cauce hasta los confines del “paraíso perdido” del Menjú, con dos bonitas pasarelas de madera: una en el citado paraje de La Presa y otra en Arenal, es el tramo comprendido entre el Puente de Hierro y el del Argaz (quedando a mitad de trayecto el histórico Puente de Alambre), el más disfrutado por personas de toda edad.

Desde luego, si hemos de mencionar un lugar público de mayor utilidad para los ciezanos y para quienquiera que visite Cieza, sin duda no es otro que el Paseo Ribereño. A él se puede llegar a pie desde el casco urbano, o con vehículo, dejando este, bien en los espacios cercanos al Puente de Hierro o el Molino Cebolla, bien en las amplias calles anexas al Puente del Argaz.

Por tres cosas principales vale el placer de visitar este fantástico lugar: Por la maravilla de ver fluir entre las cañas las aguas limpias del río, con el telón de fondo del pueblo y los cultivos agrícolas; por la observación de sus árboles diversos, en cuyas ramas cantan los ruiseñores o espían las urracas; y, desde luego, por el gusto de saludar y charlar, o hacer amistad, con cualquiera de los muchos caminantes que dan vida al Paseo Ribereño.

X